Y os preguntaréis, queridos blogolectores, porqué he estado ausente tanto tiempo –incluso para los cánones de ausencia de este año–. La respuesta es esta: me ha atropellado un coche. Hace mes y pico.
Antes de que empecéis a chirriar los dientes, rasgaros las vestiduras, cubriros de ceniza y todas esas cosas tan elegantes y siempre apropiadas, os diré que en conjunto estoy más o menos entera. Nada de daños neuronales, o eso creo. Bueno, he tenido un mioquimio bastante molesto en el ojo, tinnitus en el oído derecho y una leve aunque continua sensación de ansiedad frente a la idea de montar en coche/salir a la calle/cruzar el jodido paso de cebra, pero quiero decir que aún puedo mover –más o menos- las cuatro extremidades.
Y ahora voy a narraros todo el asunto.
El asunto empieza conmigo en la panadería. Llovía. Compré dos baguettes, un cabello de ángel y un pituso blanco, pero no volvería a recordar esto hasta dos días después. Eché a andar Filiberto Villalobos arriba, supongo que pensando como siempre pienso, que me gusta más la palabra Filiperto que Filiberto. Filiperto Villalobos. Eso sí que mola.
Al llegar a la Facultad de Ciencias Ambientales, me dirigí al paso de cebra. En aquel entonces no me di cuenta, pero al parecer me crucé con dos amables jovencitas, que después servirían de testigos. La lluvia era bastante más que generosa, y yo llevaba sólo una de esas livianas camisetas de verano que me había costado treinta euritos en Natura. Miré –a ambos lados a pesar de que los coches sólo podían venir en una dirección. A mí me gusta perder el tiempo en los pequeños detalles –. Vi un coche, blanco, saliendo de la rotonda que hay al principio de Alfonso XI. Para que os hagáis una idea espacial sin necesidad de un mapa, os diré que yo estaba al final de la calle, en la otra rotonda. Entre medias cabe un centro comercial, una facultad y algo más.
Bueno, el coche estaba a tomar por el culo. Así que pasé. Me di cuenta de que acababa de cagarla cuando empecé a oír el chirrido de los neumáticos contra el asfalto. No sé si me dio tiempo a mirar o no.
Recuerdo pocas cosas. Soy consciente de haber sentido dos impactos –la policía supone que el primero contra el morro del coche y el segundo contra el capó-, antes de la caída al suelo. Dicen que volé catorce metros. Obviamente, yo no me acuerdo. Sí recuerdo una vaga sensación que no llegaba a pensamiento, algo en plan “qué agradable es estar volando, pero la ostia que me voy a meter cuando llegue al suelo” durante un segundo o menos. No me acuerdo del impacto contra el suelo, aunque sí de la vaga consciencia de que ha sido como caerse de la bicicleta pero en mucho. Recuerdo estar allí, tirada bajo la lluvia, y pensar que estaba muy cansada, lo agradable que sería dormir un rato.
Alguien me zarandea. Pero estoy muy cansada para hacer caso a quien quiera que sea. Todo el cuerpo me duele como un enorme pulso de nocicepción.
Revolución de gente, viniendo y yendo. Murmullos y gritos. Alguien me pone mantas encima, cosas así. Sigue lloviendo. Mi pensamiento más complejo es la vaga noción dormir empapada es muy desagradable. Alguien me pone un paraguas sobre la cabeza.
Me tanteo los dientes con la lengua. Por alguna razón, la posibilidad de que alguno se me haya roto me aterra, más que la opción de estar paralítica o de quedarme coja para el resto de mi vida. Mis pensamientos en esos momentos eran tan lúcidos como los de un adolescente en Cantarranas un viernes noche.
Parece que están todos enteros. Repito el gesto con la lengua, nada raro por delante ni por detrás. Todos los dentistas de mi vida siempre me han dicho que tengo unos dientes perfectos. Nunca he usado aparato. Me convenzo finalmente de que cada pieza está en su sitio. Siento algo parecido a tranquilidad.
Soy médico, dice alguien. Me siento aliviada. No soy muy capaz de comunicarme con el entorno, pero algunos de los comentarios a mi alrededor sí me llegan. Es médico. De puta madre. Seguro.
Soy médico, repite. ¡Ah, está sangrando por la boca! Eso es indicativo de una lesión craneal.
Me acojono. ¿Cómo? ¿Lesión craneal? No, me gustaría decirle que no, que no es posible, que no puedo tener nada en la cabeza, pero aunque mi voluntad es parcialmente mía, mi cuerpo pasa olímpicamente de hacerme caso. De un modo absurdo, decido que no quiero tener una lesión craneal, así que no hay razón para preocuparse. Y me relajo. Me relajo mucho.
No te duermas, chica. ¿Me oyes?
Joder, vete a tu casa. Estoy cansada.
Está consciente, no la dejéis que se duerma.
Será desgraciado. Me ha pillado un coche, déjame dormir.
¿Quieres que llamemos a alguien?
¿Eh?
Escucha, ¿quieres que llamemos a alguien?
Sí, sería una buena idea. Llamad a mi novio, claro, porque mis padres están en otra ciudad. Y yo estoy sola bajo la lluvia.
Sí, pido. Llamad a mi novio.
Dime el teléfono.
Recito un número, y mi móvil comienza a sonar. Lo oigo y pienso que qué casualidad.
No lo coge, chiquilla.
La ambulancia todavía no viene.
Otra persona quiere volver a intentar llamar a Radagast. Repito el número. De nuevo suena mi móvil. Qué casualidad.
Pasa el tiempo, pero no sé cuanto. Entonces me doy cuenta de que estoy dándoles mi número, de que por esto suena mí teléfono. Y de que, por más que lo intento, soy incapaz de recordar el número de Radagast.
La mención a la lesión craneal de repente se instala en primer plano. Los ojos se me llenan de lágrimas. El pánico me agarrota. Soy de ciencias, intento consolarme. Sabes cómo funciona un cerebro. La amnesia no es indicativo de nada. Calma.
Pero no me calmo. Porque nadie más sabe que estoy aquí, tirada bajo la lluvia. Y voy a estar sola, a ir al hospital sola y a escuchar sola que me digan que tengo una lesión craneal…
En ningún momento se me ocurre que mi móvil tiene agenda, y que tengo puesto a Radagast como “El Novio” especialmente para estas situaciones.
Llegan los tipos de la ambulancia. Me doy cuenta de que veo borroso, y sospecho –felicidades, Sherlock- que mis gafas han pasado a mejor vida. Doscientos cincuenta euros de Versace a tomar por el culo.
¿Cómo te llamas?
Me ponen un collarín de esos, primero lo intentan con uno demasiado pequeño y luego me plantan uno bastante grande. Consiguen quitarme la mochila sin cargársela. En algún momento ha llegado la policía, porque por muchas dioptrías que tenga yo, ese fluorescente del uniforme es inconfundible.
Ya empiezo a coordinar más. Me meten dentro de la ambulancia y me hacen preguntas. Han encontrado tus gafas, me dicen. Están bastante bien. Yo alucino. Alabado sea Versace. Después comprobaré que no tienen más que una pata ligeramente torcida y un par de rayones en la montura. Lo que hay que ver.
¿Eres alérgica a algo?
No. Soy 0+. No sé porqué, ese dato me parece muy importante.
Me meten una vía.
¿Quieres llamar a alguien?
Sí. A mi novio. Está en la agenda.
No lo encuentro por Novio.
Está en “El Novio”.
Qué conversación más absurda. Aunque tampoco se me puede pedir más, dadas las circunstancias.
Habla tú con él.
Cojo el móvil.
Hola, cariño. No te asustes…
¿Qué? ¿Qué ha pasado?
Me ha atropellado un coche, pero estoy bien.
¿Qué te qué? ¡Ahora voy para allá? ¿Dónde estás?
En una ambulancia.
¿Para dónde vas?
No sé, el techo es azul. No veo la calle.
¡Pues pregúntalo, joder!
¿Dónde vamos? Al Hospital universitario.
Voy para allá.
La ambulancia se zarandea mucho. Me duele todo, pero el hombro izquierdo mucho más. En algún momento me comentan que por la deformación parece una luxación. Pienso en las clases, cuando nos dijeron que para eso se emplea ketamina como anestésico. Dicen que la ketamina provoca alucinaciones. Colocar las articulaciones duele mucho. Esto no me va a gustar nada. Quiero dormir. Quiero que venga Radagast, que me abrace y me acaricie la cara como siempre que estoy triste. Que me diga “Ay, que mi niña está rara” como aquella vez que no sabía describirle mi desazón y fue capaz de explicarlo en una frase.
A momentos, también me siento estúpidamente graciosa. Sí, como cuando me examinaron en urgencias. ¿Qué te ha pasado? me dijo el médico. Estuve a punto de contestarle: Síndrome de Munchausen. No lo dije, pero me entró la risa tonta. Me aprieta el vientre, en busca de hemorragias internas, y encuentra algo que no parece gustarle demasiado. Manda llamar a otro médico. Murmullan entre ellos. Oigo retazos mientras me tantean, ¿Esto qué es? ¿debería estar aquí? Vuelvo a ponerme nerviosa.
Vale ya, pienso. Vale ya, coño. Que estoy consciente y soy de ciencias. Se me empieza a ir la pinza. Y que me veo todos los capítulos de House. Es una pena que Berk se fuera de Anatomía de Grey. Con lo que molaba el tío.
Finalmente llega otra señora.
Es la aorta, les dice. A ver, si está latiendo. Qué queréis que sea?
Me bajan a hacer radiografías. Las celadoras casi me parten el cuello al colocarme en la camilla. Todo está confuso, no recuerdo qué pasó antes o después. Recuerdo cosas concretas y extrañas. Como que me hacía pis. De un modo espantoso. De esto que tienes la vejiga que parece que se te va a reventar. No sé si habéis intentado mear en una cuña, pero mear en contra de gravedad es realmente complicado, más aún cuando la gente está hablando a tu alrededor y sólo te separa de ellos una cortinilla. Yo creo que conseguí hacerlo porque la otra opción era que me reventara la vejiga.
En algún momento una enfermera caritativa me ha puesto en el gotero un chute de algo. Mentalmente se lo agradezco. Eso, y lo de la cuña. Es una profesión mal considerada y llena de cosas desagradables, pero te meten chutes. Eso no tiene precio.
Hay una señora, la típica vieja quejica, llamando a las enfermeras para quejarse de lo mal que está. En algún momento no sé que pasa, que llama a un enfermero para lloriquearle que otra enfermera le ha dicho que se ponga ella la cuña, que tiene manos. Y está diez minutos –horario yonki, así que no me hagáis caso con los tiempos- con las típicas cansinadas “eso no se puede hacerle a un enfermo, digo yo, blablablá”. Si tuviera fuerzas para levantarme, la mandaría a la mierda. Cállese ya, joder. Que lo único que tiene son noventa años. Cierre la boca, caguentó. Ya ha vivido su vida, vaya asumiendo que en una de estas se va a morir. Por los comentarios de los enfermeros, debe ser la típica señora plasta que pasa más tiempo en el hospital que en su casa.
Y yo estoy harta y enfadada. Tengo veintidós años. Podría haber muerto, haberme quedado paralítica. Y esa idiota lloriqueando porque le han contestado mal –cosa que dudo, porque tiene pinta de habérselo inventado –. La gente no sabe agradecer lo que tiene. Ahora mismo, el hecho de tener que examinarme en Septiembre me parece una soberana nadería. Cómo cambia el punto de vista de uno desde una camilla de hospital.
A mi derecha hay una señora mayor que parece –sólo la escucho – muy agradable, hablándole al médico de sus hijos y tal. Ha tenido una paresia. Están comprobando los nervios craneales. Debe haber algún residente, y el médico le pregunta. Yo podría haber contestado. Trigémino, Vagal, Oculomotor…
Radagast llamó a mis padres. No sé cuando llegaron, el tiempo-yonki es un personal. Estaban histéricos, ellos y el resto de la familia. Cuando llamó mi tía para hablar con Radagast, no hacía otra cosa que sollozar “Me la han matado, me la han matado”. Ahora parece ridículo, pero en el momento era bastante impactante. Me costó convencerla de que si podía hablar con ella era signo de que no estaba agonizando.
Mi madre se quedó en casa un par de semanas para cuidar de mí. Me llenó de comida plena de nutrientes, como hacen las madres. Cuando la policía llegó a tomarme declaración, comentaron la presencia de unas baguettes apachurradas en el lugar de los hechos. Tardé un par de segundos en recordar que había ido a la panadería. Esas semanas el detalle de lo que llevaba en las manos había desaparecido por completo.
El señor que me atropelló ha estado llamando para comprobar cómo iba. Es un señor mayor en un coche viejo un día lluvioso. No puedo enfadarme con él, pero ahora me gustaría que el psicotécnico fuera más restrictivo.
Hay algo premonitorio en que te atropelle el mismo modelo de coche que conduce tu padre, y más cuando ese modelo es un anticuado Opel Kaddet. Papá siempre dice que quiere que yo conduzca en ese coche. Que si me doy una ostia, el golpe lo recibe el coche y no yo, no como estas mierdas de coche actuales. Bueno, visto así tiene razón, pero yo acabo de verlo desde el punto de vista del peatón y tengo un par de objeciones que hacerle a ese razonamiento.
Me recetaron analgésicos de caballo. Desketoprofeno, o Enantyum, como prefiráis. Un par de semanas después me corté el dedo con un vaso. Debido a la medicación, tardé más de lo que debía en asumir que, eh, esto duele, y no mola nada; así que me hice un tajo de impresión de dos centímetros y medio que sangraba como un cerdito. Y debido al mes y medio de inmovilidad necesarios para que las roturas curaran, en engordado una burrada.
Y la nota dejà vu es. El día anterior había mantenido esta conversación con unas compañeras de la facul:
E-Qué pocas ganas tengo de presentar el trabajo.
J- Ni yo. Voy a hacer el lerdo... ya lo verás.
E- ¡Qué horror! Ojalá me pille un coche o algo y no tengo que hacerlo!